LFU / Arriba:Mártires por la fe

El Heraldo Montañés

 
A las 17,30 horas del 20 de julio de 1936 unos sesenta milicianos comunistas y anarquistas de la CNT armados irrumpieron en la comunidad de Barbastro en donde residían los misioneros claretianos, formada por 60 personas: nueve sacerdotes, doce hermanos y 39 estudiantes.
Fueron a la muerte cantando, besando las cuerdas de esparto que les ataban al martirio, perdonando y rezando por sus verdugos y gritando ¡Viva Cristo Rey!. Iban felices al martirio, tanto, que varios de ellos fueron asesinados en el propio camión que les trasladaba al lugar de la ejecución por milicianos que, enrabietados por su alegría, les reventaron el cráneo a culatazos. 
El pasado sábado, aprovechando un retiro de tres días en una localidad cercana, visité, en unión de unos amigos, el museo de los mártires claretianos de Barbastro. Al terminar la visita, todos salimos sobrecogidos por la crudeza del relato de…

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“Malaga, La mayor matanza de la guerra civil”

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En la sesión anterior explicamos cómo se fabricó el mito de la matanza de la plaza de toros de Badajoz, del que las izquierdas han extraído eingentes rentas políticas y legitimación.  Ahora empieza otro, el de la llamada “desbandá de Málaga. El periódico de Pedro J, cuyas pintorescas explicaciones he expuesto en La guerra civil y los problemas de la democracia, dice, bajo el título “La peor matanza de la guerra”: “Cuando llegaron las tropas franquistas a Málaga, cundió el pánico en la ciudad. Muchos optaron por la carretera de Almería”, en la que fueron bombardeados por los nacionales. Por la carretera, dicen, huyeron 300.000 personas. “Salvo algunos milicianos, todos civiles”. “El mayor éxodo de seres humanos de la historia de Europa hasta que llegó la guerra de los Balcanes” Los muertos por los bombardeos  serían entre 5.000 y 10.000.

    En fin, vamos a poner las cosas en su…

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“Esa constante mentira..” (emulando a marañon)

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Lo más irritante de los rojos, decía Gregorio Marañón, “esa constante mentira”; “Himalaya de mentiras”, denunciaba Besteiro. Cuando escribí Los mitos de la guerra civil me asombró el grado en que la historiografía progre había desvirtuado la historia real: en prácticamente cualquier tema en que uno ahondase un poco salía a la luz un cúmulo de falsedades, a menudo tan ilógicas y mal concebidas que mueve a perplejidad su aceptación durante largos años. Aceptación reveladora también la miseria de una derecha acomodaticia, presta a defecar sobre la memoria de sus mayores a cambio de no se sabe qué.

Pero todavía resulta más reveladora, deprimentemente reveladora, la reacción izquierdista o separatista cuando sus mentiras quedan en claro. Tomemos por ejemplo el caso del Vita, un expolio gigantesco con todos los agravantes posibles de disputas gangsteriles por su control, de barbarie y destrucción de arte. Episodio plenamente definitorio sobre sus autores. Pues…

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“Mito y mitos de la Guerra Civil”

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Gran vía – Madrid, cambio de nombre bajo el gobierno de la II República

La guerra civil española ha sido uno de los grandes mitos del siglo XX. Empleo aquí la palabra “mito” en un sentido negativo, en el sentido en que podría emplearla Paul Johnson cuando dice que esta guerra ha sido uno de los sucesos sobre los que más se ha mentido. A su vez, el mito general se compone de otros mitos parciales. Quizá los más difundidos hayan sido la batalla de Madrid, la matanza de Badajoz y el bombardeo de Guernica. Comentaré brevemente los tres, por su significación especial.

A los ojos de millones de personas, la batalla de Madrid en noviembre de 1936 se convirtió en una epopeya de las izquierdas y los demócratas, que habrían conseguido detener a los fascistas e infligirles una derrota decisiva por vez primera en Europa. Hasta Mao Tse-tung pide imitar…

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El oro de Moscú y México que los socialistas no quieren recordar – Ángel A. Vico

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De Izquierda a derecha: Negrín, Azaña, Prieto, el General Vicente Rojo y Lister.

De Izquierda a derecha: Negrín, Azaña, Prieto, el General Vicente Rojo y Lister.

ÁNGEL A. VICO

27.05.201710:00 h.

Parece haber llegado la hora de que las momias se levanten de sus tumbas. Lo exige la izquierda y aun así, Franco no puede ser el único en resucitar del valle de los muertos. El socialismo de Zapatero que se encargó de imponer la Ley de la Memoria Histórica a los 68 años de acaba de la Guerra Civil española no tuvo en cuenta que recuperar implica también recordar algunas de las más significativas hazañas que el socialismo cometió durante y después de la Guerra Civil española. Hechos que por su inconveniencia política han permanecido ocultos durante los últimos cuarenta años de democracia.

El 13 de Septiembre de 1936 Madrid se despertaba con las noticias del intenso bombardeo republicano al Alcázar de Toledo en donde resistía el general Moscardó. Oviedo…

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Si al perdón; no al olvido ni a la desmemoria.

DestacadoSi al perdón; no al olvido ni a la desmemoria.

LA DESMEMORIA HISTÓRICA

LA CONVERSIÓN DE AZAÑA,

LA CONFESIÓN DE ALCALÁ ZAMORA

Y LA PROTESTA DE VIDAL Y BARRAQUER

 

El 18 de julio de 1936 es la fecha más infausta de la historia contemporánea de España. Por ello, es importante relatar con rigor el desarrollo de los acontecimientos. El general Franco no inspiró ni dirigió la revuelta; fueron los generales Mola y Sanjurjo quienes dirigieron la acción militar desde un principio. El golpe de Estado estaba en preparación desde el mes de marzo de 1936. Franco se sumó a los golpistas cinco días antes del estallido de la insurrección militar. El lamentable espectáculo de anarquía que vivía España; la demagogia de un Gobierno que hablaba de “republicanizar la Justicia”, y que actuaba a rastras de la “revolución espontánea”, provocada por sus aliados marxistas, declarándose “beligerante contra el fascismo”, cuando se tildaba de fascista a toda España no incluida en el Frente Popular. Las continuas apelaciones a una revolución que proponía por modelo las terribles jornadas de “Asturias la roja”, suscitaron una reacción de los cuados de mando del Ejército – cuyo primitivo nexo era la U.M.E. (Unión Militar Española) -, manifestada desde el primer día en forma de advertencias al Gobierno, que se limitó a cambiar la situación de los jefes más prestigiosos: Franco y Goded, que habían colaborado en el Ministerio de la Guerra con Gil Robles, fueron enviados, respectivamente, a Canarias y Baleares; Mola fue trasladado de Marruecos a Pamplona – bastión eminentemente católico y tradicionalista -, apropiado para desarrollar una conspiración antirrepublicana.

 

Antes de que se produjera la dispersión, los principales jefes del Ejército contactaron con vistas al posible golpe de Estado o insurrección militar. Todos reconocieron la jefatura de Sanjurjo, el gran exiliado. De momento, la trama de la conjura quedó en manos de los generales Varela y Orgaz, que se hallaban en Madrid. Pero el Gobierno, sospechando algo, envió a Varela a Cádiz y a Orgaz a Canarias. Antes de partir, Varela consiguió hacer llegar la documentación relacionada con la conjura a Mola, que quedó convertido en “director” del Alzamiento. No fue una iniciativa para derribar la República, sino al Gobierno de Casares Quiroga, permisivo y complaciente con el proceso revolucionario que se había iniciado en España el 16 de febrero de 1936.

 

No podrá entenderse lo que fueron el Alzamiento de 1936 y la Guerra Civil que le siguió, mientras se trate de situar a aquel en la línea de los viejos pronunciamientos militares. Porque implicó a grandes masas de la población. Todos aquellos que se habían sentido atacados, heridos o ultrajados por el sectarismo de las izquierdas. La guerra no fue, como algunos dicen, una lucha entre la España progresista – la de los intelectuales, la de las reivindicaciones sociales y culturales – y la España negra, la de las viejas oligarquías reaccionarias. El cuadro era mucho más complejo, puesto que no fueron escasos los intelectuales que mostraron su disconformidad con el régimen republicano en su versión frentepopulista de 1936. Unamuno, por ejemplo, repudió en términos durísimos el espectáculo de anarquía propiciado por el Frente Popular. Ortega, protestó formalmente, ya al otro lado de la frontera, contra las presiones ejercidas sobre los intelectuales para que prestaran sus voces a la República anarquista. Azorín se sumó muy pronto a la España nacional. Intelectuales comprometidos que pagaron dolorosamente con su sangre la lealtad a sus convicciones políticas los hubo en uno y otro bando. Frente al desastrado fin de García Lorca podemos situar el de Ramiro de Maetzu, por no citar más nombres.

 

En la zona nacional prevaleció la concepción del mundo de la clase media española. Y en la zona republicana se intentó vender una mercancía anarquista, sindicalista o comunista – es decir, rigurosamente proletaria – con la bandera de un liberalismo burgués tranquilo y europeo, que engañó a muchos incautos. Esa clase media que nutrió las filas nacionales no se lanzó a las trincheras para defender privilegios. Era otro orden de valores en crisis lo que esos hombres y mujeres trataron de salvar por encima de todo. La generación nacionalista de 1936 se vio abocada al rompimiento de todas las raíces que daban razón y sentido a su vida: conciencia religiosa, concepción del pasado histórico, defensa de la integridad de la patria. Seguramente ninguna tan poderosa como la primera. La Guerra Civil la abrió la República, ignorando desde el primer día, el peso de las convicciones religiosas en el español medio de aquella época. Luego, la violencia de las persecuciones contra la Iglesia y sus ministros fue ensanchando el abismo, que llegaría a extremos inauditos durante la guerra, pero que la Republica puso en marcha mucho antes. No debemos confundir determinadas apariencias posteriores a la guerra con las razones que llevaron hasta el último sacrificio a una juventud tan exaltada en la derecha como en la izquierda.

 

El general Franco, aunque en contacto con los conspiradores, había mantenido una posición de prudente expectativa, limitándose a requerir al Gobierno, mediante un extenso memorando, para que pusiera fin al desorden y al trato arbitrario de que venían siendo objeto – según su ideología – los cuadros de la oficialidad del Ejército. Pero Casares Quiroga se abstuvo de contestar a esta carta, facilitando así una mayor libertad de movimientos al general. En el plan definitivo estructurado por Mola, Franco tenía la misión de ponerse al frente del ejército de África, una vez iniciado el Alzamiento. Las maniobras militares efectuadas a principios de julio en el Llano Amarillo (Marruecos) permitieron a los oficiales comprometidos atar los últimos cabos de la conspiración en marcha. Se fijó entonces la fecha definitiva para el Alzamiento: el 18 de julio.

 

Se dice que la causa de la guerra fue la ”resistencia de la derecha a las reformas republicanas”, y no la oposición al proceso revolucionario desencadenado por el Frente Popular. Las reformas republicanas habían tenido lugar entre 1931 y 1933, y no hubo ninguna revuelta. Las únicas elecciones democráticas en la historia del país hasta la fecha, las ganó el centro derecha, a quien la izquierda impidió formar gobierno a quienes habían ganado en las urnas. Porque, según ellos, la República era patrimonio excluso de la izquierda, y la derecha no tenía derecho a gobernar pese al veredicto de las urnas. Con la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, dentro del largo proceso de violaciones constantes de la ley, manipulación de las elecciones, destrucciones e incendios de propiedades, iglesias y conventos, frecuente violencia política, ocupaciones ilegales de tierras y politización del sistema judicial. Asociaciones de empresarios y terratenientes aceptaron las incautaciones de sus propiedades en términos económicos. Pero pedían, como contrapartida, que el Gobierno pusiera fin a los desórdenes y violencias, aplicando la ley como reclamaba un auténtico Estado de derecho. Pero el Gobierno de Casares Quiroga no contestaba y dejaba hacer a los violentos.

 

Algunos personajes del centro y de la derecha moderado pidieron la formación de un Gobierno nacional de emergencia para controlar los repetidos excesos de los revoltosos y para restablecer la vigencia de la constitución republicana. La respuesta de Manuel Azaña, presidente de la República, y de Casares Quiroga, presidente del Gobierno, fue siempre contraria y de apoyo solapado al desmadre del Frente Popular, formado por un conjunto de partidos republicanos de izquierda, impulsado por movimientos revolucionarios esquivos con el ordenamiento constitucional. Es decir, los desmadres del Frente Popular eran más importantes y “democráticos” que España y los españoles todos, a quienes representaban. Esos políticos vieron el riesgo de un desastre; pero algunos prefirieron la confrontación – porque se sabían ganadores del conflicto – a la paz y la concordia. Cuando Casares Quiroga fue informado de que algunos militares se habían sublevado en Maruecos, su respuesta fue clara y contundente: “¿Qué unos militares se han sublevado en Marruecos? Pues yo me voy a dormir”. El domingo, 19 de julio, antes de medianoche, Casares Quiroga tuvo que dimitir; su Gobierno había “cosechado” un fracaso total. Azaña se vio ante el precipicio y nombró a Martínez Barrio, el líder más moderado del Frente Popular. Pero la cabra se había echado al monte. Entró en contacto con Mola, pero el Gobierno “durmiente” había llegado tarde. Los insurrectos se habían comprometido que, una vez iniciado el Alzamiento, nadie daría un paso atrás. La última iniciativa quedó en manos del presidente Manuel Azaña, y escogió armar a los revolucionarios en masa. Autorizó una revolución violenta, que provocó mucho más apoyo a los rebeldes en su contra.

 

ENÉRGICA PROTESTA DE VIDAL Y BARRAQUER.- El 15 de marzo de 1936 (no había comenzado la guerra civil, pero si la persecución religiosa), el cardenal Vidal y Barraquer escribió una carta al presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña, para protestar contra los atentados que se cometían contra la Iglesia en toda España, de la cual, por su interés, reproducimos el texto íntegro, que algunos esconden maliciosamente:

 

Tarragona, 15 de marzo de 1936

Excmo. Sr. D. Manuel Azaña

Presidente del Consejo de Ministros.

Madrid

 

Respetable Sr. Presidente:

Son tan graves las noticias que me llagan, no ya por la prensa, sino por informaciones autorizadas de carácter reservado, relativas a incendios de iglesias, contra personas y cosas sagradas, que, como Cardenal español más antiguo, no puede silenciar ya ante V.E. la más enérgica y amarga protesta de la Iglesia, que vuelve a ser la víctima inocente de bárbaras violencias y desenfrenadas acometidas, tanto más graves e injustas cuanto a ellas no son ajenas las iniciativas públicas de las propagandas disolventes, y tanto más de sentir cuanto aparece visible la pasividad y negligencia en prevenirlas y reprimirlas por parte de quienes tienen el deber de garantizar el orden público y salvaguardar la seguridad, la libertad y el honor de los ciudadanos e instituciones nacionales. Nada ha contenido el furor de tales vandalismos, ni el sagrado de los templos, ni el respeto a la libertad de las creencias y a la dignidad de las personas, ni aún la venerada atención a los tesoros monumentales del país, cuya pérdida afrenta con el peor de los estigmas a todo pueblo y poder que la consiente.

 

Bien consta a V.E. cuánto ha hecho la Iglesia para coadyuvar a la paz social y civil de la nación y cómo, fuera y por encima de todo partidismo político, ha sido respetuosa con los poderes constituidos, no dejando de laborar su Episcopado, fiel a la suprema inspiración del Papa, para una decorosa y digna armonía entre ella y el Estado, a pesar de no haber recibido de éste la debida correspondencia con su legislación injusta y vejatoria. Si todo Gobierno no debe jamás dejar abandonada la defensa de los derechos naturales y políticos, esenciales a todos los ciudadanos, mucho menos puede desatender la legítima y obligada salvaguarda de instituciones que, como la Iglesia, están asistidas por supremos títulos de derecho espiritual y las normas jurídicas de la civilización y que, aún dentro de los límites estrechos de la legalidad española, ha sabido mostrarse paciente, patriótica y generosa para aportar su máximo esfuerzo a los fines del consorcio civil y al levantamiento moral de la nación con ejemplaridad y perseverancia merecedoras de otro trato que el incendio de los templos, mansiones de oración, y la persecución de sus obras, instrumentos técnicos del bien social.

 

Temo, Sr. Presidente, y hasta comprenderá la amargura con que se lo manifiesto, que de seguir las cosas por estos rumbos, se va a la anulación del poder público por la dejación de sus atributos en manos de la violencia agresora y de la reacción defensiva de la ciudadanía que nunca pierde su derecho natural de existir; que sin seguridad y dignidad, se va a la misma ruina de España, cuya vida y civilización no pueden subsistir sin la paz espiritual y civil que han de ser plenamente garantizadas por sus órganos estatales, atentos sólo a los fines de justicia y de equidad inexorablemente impuestos por el supremo bien del país.

 

A tales fines cooperará siempre la Iglesia de España, firme y perseverante en sus deberes en bien de las almas y de la misma sociedad política, de la que sus fieles han de ser ciudadanos respetados, y sus obras, instituciones en derecho garantizadas.

 

En prueba de tal espíritu reciba, Sr. Presidente, esta mi protesta sentidísima y enérgica, a la cual en mi deseo de no dificultar la actuación reparadora del Gobierno para el mantenimiento de la paz pública, he creído, por el momento, no dar exterioridad, protesta justificadísima que está en la conciencia de todos los obispos y católicos españoles.

 

Con todo respeto y consideración se despide de V.E. att. ss. ss.

Firma: F. Cardenal Vidal y Barraquer.

 

 

Con la misma fecha, el purpurado tarraconense remitió una copia de esta carta al presidente de la República, Niceto Alcalá – Zamora, para que conociera la comunicación elevada al presidente del Consejo de Ministros. Vidal y Barraquer advertía a Alcalá – Zamora, en carta adjunta, que “vivimos momentos gravísimos que ya se preveían para después de la disolución de las Cortes y de las actuaciones de algunos hombres públicos”. Y subrayaba: “Dejémonos de lamentaciones y veamos si entre todos podemos sacar el carro del hondo y peligroso atolladero”.

 

Más adelante, el ilustre purpurado le decía: “No quiero apelar […] a sus sentimientos religiosos y patrióticos. Que cada uno desde su sitial alto o bajo, prescindiendo de amarguras, decepciones y sacrificios, ponga cuanto esté de su parte a fin salvar a la Religión y a la Patria. Permítame este sincero, afectuoso y apremiante desahogo”. Acaba su carta afirmando “Mucho pido a Dios que le ilumine y le asista…”

 

El día 14 de marzo de 1936 (un día antes de la carta de Vidal y Barraquer), Alcalá – Zamora relata en sus memorias la dramática situación de España y su advertencia a Azaña en su despacho: “Al marcharse (Azaña) le dije una vez más que la prolongación intolerable y tolerada de la anarquía podía traer una reacción que arrolle todo el régimen. No lo niega, pero él, que es jefe del Gobierno y de la mayoría que lo impone, no pone remedio”. Más adelante escribe: “He sabido […] que bajo la presidencia del general de la I División se habían reunido todos los jefes del Cuerpo, estando unánimes en apreciar y comunicar al Gobierno que no pueden repetirse cosas como las que vienen sucediéndose…”. Esta situación hizo exclamar al presidente: “¡Qué amargas son las mías, pocas atribuciones, ningún concurso, sin Gobierno, con tanta mayoría que lo impone, como falta de autoridad que lo desacredita, y tener que hacer frente a todo!”.

EL ASESINATO DE CALVO SOTELO.- Una noticia gravísima precipitó los acontecimientos: la muerte de Calvo Sotelo, asesinado por un grupo de Guardias de Asalto de la República. La atmósfera de tremenda violencia creada por los debates parlamentarios explicaba, si no justificaba, un atentado tan monstruoso como aquel. Se culpó a Casares Quiroga de responsabilidad directa en el crimen. Lo había autorizado moralmente con su célebre frase: “Si algo pudiera ocurrir, su señoría sería el único responsable con toda responsabilidad”. Aquel crimen político echó por tierra los últimos obstáculos con que tropezaron los planes de Mola. El acuerdo con la Comunión Tradicionalista quedó sellado definitivamente en cuanto se tuvo noticia del sangriento suceso. Sobre la tumba del que más adelante había de ser llamado “protomartir”, el jefe de Renovación Española – la agrupación monárquica alfonsina – pronunció unas palabras solemnes, que pueden considerarse el prólogo de la tragedia que iba a iniciarse dos días después: “… Ante Dios, que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España”.

 

EL ALZAMIENTO MILITAR.- El Alzamiento se inició en Melilla, una de las plazas de soberanía española en la costa marroquí. Aquí, el núcleo de conspiradores, al tener noticia de que el general Romerales estaba sobre aviso, hubo de adelantar el golpe respecto a la fecha prevista. A las cinco de la tarde del día 17 de julio de 1936, la rebelión era ya un hecho. Detenido el general Romerales y dominada la ciudad, el estallido repercutió inmediatamente en Ceuta, la otra plaza de soberanía y sobre todas las fuerzas militares que guarnecían el protectorado, mentalizadas desde hacía tiempo por los coroneles Yagüe, Tello y Seguí.

 

Al día siguiente, y antes de que el Gobierno republicano pudiese reaccionar, el Alzamiento estalló en todas las Divisiones militares de la Península, con arreglo a un esquema alternativo. Allí donde el jefe de la división formaba parte de la conjura, se declaraba el estado de guerra. Las tropas ocupaban las centrales sindicales y los edificios oficiales. Se decidía todo con rapidez y precisión. En las zonas donde el jefe de la División era leal al Gobierno, el golpe vino de uno de sus subordinados inmediatos. Pero el golpe fracasó en Madrid y en Cataluña, donde Goded, que se había sublevado en Mallorca, llegó muy tarde para enderezar la situación en Barcelona. El ministro Giral en Madrid y Companys en Barcelona se pusieron en manos de las sindicales obreras, abriendo los parques militares a sus masas, lo que derivó en una violencia sanguinaria y anárquica, que fue la réplica inmediata al Alzamiento.

 

El frenesí revolucionario en la zona republicana, que no excluía las luchas encarnizadas entre las distintas organizaciones obreras, y su ausencia de disciplina y mandos, permitieron a los nacionales deshacer a su favor, en poco tiempo, el inicial equilibrio de las fuerzas enfrentadas. Porque, digan lo que digan hoy, la iniciativa militar estuvo siempre en sus manos.

 

UN LIBRO REVELADOR.- El presidente de la Segunda República, Niceto Alcalá Zamora – líder de los republicanos progresistas – escribió en el exilio americano un libro de 240 páginas, de extraordinario interés, ignorado o silenciado por muchos historiadores contemporáneos: “Régimen político de convivencia en España. Lo que no debe ser y lo que debe ser”, editado en Buenos Aires en 1945, basado en “una trayectoria de convivencia”, en la que busca “los cimientos teóricos o doctrinales que hagan posible la convivencia de los españoles”. “Somos – según el vencedor del 14 de abril de 1931 – una patria dividida, escindida en odios abismales, y es preciso […] ofrecer una solución estable, buscar un régimen que garantice ante todo la convivencia civilizada”. Según él, “la Monarquía es algo que está definitivamente muerto y no puede volver”. “La República no ha desaparecido jamás – subraya – , sino que ha subsistido soterrada bajo el Movimiento y aún bajo el Estado actual”.

En el prólogo afirma que escribe el libro para el español sereno, desapasionado, de posición centro, “para el que la separación de la Iglesia y el Estado no significa la quema de iglesias y conventos”. Opina que “el Alzamiento de julio de 1936 (…) fue republicano en sus comienzos”. Añade que “la insurrección fue una rebeldía legal contra los que habían violado reiteradas veces la legalidad constitucional”. Y subraya que “el tinte republicano del Movimiento fue una de las claves del éxito del mismo”. En cuanto a los combatientes – siempre según el ilustre político – “eran republicanos de corazón en su inmensa mayoría los que lucharon en el bando nacional”.

 

Para Alcalá Zamora, la República equivale a una fecha: el 14 de abril de 1931. “Todo lo que vino después fue una desviación del espíritu originario, causada por los fanáticos de uno y otro lado”. A causa de ellos, “la República se desvió del buen camino y cayó en la anarquía y en la guerra”. Cuenta que después de la quema de conventos de 1931, se reunió un Consejo de Ministros bajo su presidencia para tratar de la conducta a seguir con la Iglesia católica. El propuso – según escribe – “la paz religiosa, la separación de la Iglesia y el Estado y un nuevo Concordato”. Por once votos contra uno se acordó que esta sería la pauta futura. Sin embargo, semanas después, las Cortes y el Gobierno “se inclinaban por la persecución religiosa y el anticlericalismo del más rancio y desusado estilo. Aquellos ministros – confiesa – habían cambiado sus trajes de civil por lo mandiles de cierta Orden, y una vez en el seno de su disciplina, los hermanos hubieron de recibir consignas y obedecerlas”.

 

Más adelante declara que “de acuerdo con el sentir religioso y católico de la inmensa mayoría del pueblo español es necesario que la enseñanza sea evidentemente religiosa y el símbolo de la Cruz debe presidir las escuelas públicas para inculcar la moral cristiana, a la par que el patriotismo, en las nuevas generaciones, tarea que incumbe a los párrocos, a los que el Estado debe ayudar y proteger”.

 

Luego, el eminente jurisculto examina como abogado y jurista las mil y una ocasiones en que la Constitución de 1931 “fue deliberadamente violada y pisoteada por el Gobierno de la República a partir de febrero de 1936. De los 125 artículos de la Constitución – revela don Nicetoni uno solo quedó intacto. Todos fueron conculcados deliberadamente por el Gobierno del Frente Popular”. Y resume su acusación en estas palabras: “¿Quién ha matado la Constitución de 1931? ¿Los rebeldes de julio? La verdad es que no han hecho sino disparar contra un cadáver que ya estaba apuñalado por las izquierdas republicanas”. ¿En qué instituto o universidad se enseña hoy esto?

 

La persecución religiosa de los años 1931, 1934 y 1936-1939 fue el aspecto más negativo de la Segunda República, que se pretende ocultar hoy mezclándola, confundiéndola o justificándola con la guerra civil, cuando en realidad empezó años antes. El Papa Pío XI, en la encíclica “Dilectissima nobis” (3 de junio de 1933) denunció ante el mundo la situación de auténtica persecución religiosa que vivía la Iglesia en España.

 

LA CONVERSIÓN DE AZAÑA.- Manuel Azaña, Jefe de Gobierno y presidente durante el final de la Segunda República, fue un exponente del anticlericalismo. No actuó con diligencia para evitar la quema masiva de iglesias y conventos en 1931. Es el autor de la famosa frase: “Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano”; o la de “España ha dejado de ser católica”, pronunciada en las Cortes. El espíritu de la Constitución de 1931, aprobada cuando él era jefe del Gobierno, estaba en esta línea. No fue una Constitución legal porque no estuvo aprobada en referéndum por el pueblo español. Fue una Constitución redactada por las izquierdas, que no quiso exponer al voto popular, porque sabían que sería rechazada. El texto regulaba de manera restrictiva el estatuto jurídico de las confesiones religiosas, así como la libertad de conciencia. Su desarrollo legislativo tuvo una serie de graves consecuencias, como la disolución de la Compañía de Jesús en 1931 o la ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas de 1933. El cardenal Vidal y Barraquer dirigió, en su día, las siguientes palabras al presidente Azaña: Aunque sea V.E. un perseguidor de la Iglesia, cumpliendo el precepto de Cristo le encomiendo a Dios todos los días, a fin de que un día se acuerde de que tiene V.E. un alma para salvar”.

 

Efectivamente, el sacerdote Gabriel M. Verd, en el libro “La Conversión de Azaña”, describe los últimos momentos del político español en su exilio francés. Pudo haber muerto arrepentido de su actuación, pidiendo piedad y misericordia a aquel Dios que tanto combatió en vida. Según el relato del obispo francés de Montauban, monseñor Pierre-Marie Théas, que se acercó a él en los últimos días de su vida, años después del fallecimiento del dirigente del Frente Popular, en que hizo públicos los últimos momentos de Azaña, que él vivió de cerca.

 

“JESÚS, PIEDAD Y MISERICORDIA”.- El 18 de octubre de 1940 se produjo el primer encuentro entre el prelado y el presidente, gravemente enfermo, a petición del dirigente español. “Vuelva a visitarme todos los días”, dijo Azaña al prelado tras el primer encuentro. El obispo le visitó a diario; así lo relata: “Hablamos de la revolución, de los asesinatos, de los incendios de iglesias y conventos… El me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas”. En estos escritos, rescatados por Gabriel M. Verd, el obispo añade que “deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le presenté un día el Crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en Cristo crucificado”. Tras esto, Manuel Azaña “lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: “¡Jesús, piedad y misericordia!”. Siguiendo con el relato de los hechos, el obispo francés le preguntó: “¿Desea usted el perdón de los pecados?”; Azaña contestó que sí. “Recibió con plena lucidez el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré”, declaró monseñor Théas.

 

Sin embargo, cuando el obispo habló con los que rodeaban al enfermo para administrarle la comunión en forma de Viático (Sacramento que se administra a los enfermos moribundos), le fue denegado con estas palabras: “¡Esto le impresionaría!” La insistencia del prelado no dio resultado positivo. Pero el presidente Azaña recibió el sacramento de la Extremaunción; y murió el 3 de noviembre de 1940, en presencia del obispo francés.

 

Este acercamiento al catolicismo también fue confirmado por su viuda, que destacó la importancia que en estos hechos narrados tuvo una monja, que actuó como enlace para que pudiera conocer al obispo. Además, contó que el día de la muerte del político, “ya por la noche, viéndole morir, por encargo mío salieron en búsqueda de la monja, y ésta, cumpliendo mis deseos igualmente, vino acompañada del obispo. Minutos después, nuestro enfermo expiraba”.

 

Esta actitud del presidente Azaña en los últimos momentos de su vida, debería hacer reflexionar hoy a algunos mentirosos compulsivos, implacables perseguidores de la verdad histórica. O recordar estas palabras del general Lister, durante su regreso a España, en noviembre de 1977: “Las trincheras de la Guerra Civil española están cerradas y bien cerradas, y no hay por qué intentar abrirlas de nuevo”. Es lo que intentan hacer hoy los sembradores de odio, a través de la desmemoria histórica. Los hijos y los nietos de quienes padecieron aquella barbarie tenemos el deber moral de buscar la reconciliación definitiva, contando la verdad desnuda. Por eso proclamamos: Si al perdón; no al olvido ni a la desmemoria.

 

Francesc Basco Gracià.  Periodista (Del libro inédito “La represión del Frente Popular en Tarragona”)